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Obesidad
La Compulsión (1ª parte)
La compulsión ha recibido diferentes nombres desde que la cultura de las dietas se esparció. Se la llama atracón, transgresión, ansiedad. Vivimos la compulsión como una amenaza o una catástrofe. Le tenemos miedo y quisiéramos que no exista. Tratamos de apartarla como a un enemigo y no podemos. No importa cuanta fuerza de voluntad hayamos puesto en la dieta de turno, ni cuanto dinero hayamos gastado en consultas a nutricionistas o dietistas, ni cuanto nos hayamos esforzado haciendo ejercicios para quemar calorías, ni cuantas pastillas o productos para adelgazar hayamos tomado, ni cuanta terapia hayamos hecho, como burlándose de nosotros el peso vuelve a subir. Hacemos dieta de lunes a viernes, y sábado y domingo las compulsiones nos invaden. Hacemos dieta de 8 a 18 y después no podemos parar de comer hasta que nos vamos a dormir, e incluso nos levantamos de la cama durante la noche para seguir comiendo. Tratamos a las compulsiones como enemigos, y sin duda los son porque ese es nuestro enfoque, nuestra vivencia y nuestra creencia, y en esta ronda sin fin de dietas y atracones, de subidas y bajadas, perdemos las compulsiones como avisos de otras hambres: hambre de afecto, de seguridad, de crecimiento. Comemos “en vez de”. No se trata entonces de pelearnos con la compulsión sino de averiguar qué nos pasa.
Todos tenemos hambre de algo. La compulsión nos lo grita. Aprendamos a oír su voz desesperada. Es nuestra voz interior que tiene hambre, y si no la escuchamos nos perdemos la oportunidad de entender su mensaje y, lo que es peor aún, de satisfacerlo, para acercarnos así a nuestro bienestar. “Primero fue el alcohol, luego el cigarrillo y ahora la comida. Ya no tengo a dónde ir”, me decía un participante. “Sí tenés a donde ir”, le respondí, “A VOS MISMO”. Continuara…
por Elena B. Werba
Con las técnicas para manejar la ansiedad,
pude dejar de hacer dieta y...
... hacerme cargo de la cantidad que ingería. Descubrí que los alimentos mal llamados dietéticos, por estar vistos sólo como alimentos para bajar de peso, me engordaban. Una jugarreta de mi mente me decía: “Si no engordan, podés comer de más”. Creo que el término dietético es útil cuando se aplica a aquellos alimentos destinados a mejorar los planes de alimentación necesarios para los tratamientos de las distintas enfermedades.Consumir alimentos dietéticos no hace bajar de peso por el solo hecho de ser dietéticos.Si elijo comer estos alimentos, mi elección será acertada siempre y cuando me gusten, sienta que me hacen bien, o los necesite como parte de la dieta debida a una situación de salud. Y será desacertada si radica en la suposición de que bajaré de peso por el solo hecho de comerlos. La insatisfacción emocional que sentía al comerlos porque son “los que adelgazan”, aunque no me gustaban o prefería otra cosa, me llevaba a comer finalmente lo que quería multiplicado en cantidad varias veces. Con demora terminaba comiendo lo que originalmente deseaba, aunque en mayor cantidad a la que hubiera comido en un principio. Para compensar el malestar de comer lo que no nos gusta y el malestar de no comer lo que nos gusta, es habitual que recurramos a comer compulsivamente.Podemos estar flacos comiendo chocolate. Podemos estar gordos comiendo queso dietético.
El peso que no puedo controlar
¿Por qué no puedo parar los atracones con la fuerza de voluntad? Cómo definir esa sensación mezcla de impotencia, desasosiego y culpa cuando no estamos conformes con el peso de nuestro cuerpo. ¿De dónde nos viene el malestar? ¿Cómo identificar esa fuente de lucha eterna por llegar a un peso que no es el que ahora tenemos? Ya ni siquiera se trata de tener un sobrepeso efectivo según parámetros médicos. La pelea por alcanzar un peso distinto se ha extendido y abarca también a los flacos. ¿O acaso no vemos a nenas o jóvenes con cuerpos normales metidas de lleno en controlar cada bocado que ingieren? ¿Qué nos está pasando? Hace unos cuantos años, todo era más sencillo: los gordos eran gordos y los flacos eran flacos; y a los gordos nos llevaban al doctor y él nos daba una dieta. Lo que no sabíamos es que el sobrepeso está generado en la mayoría de los casos por la ansiedad, y que la ansiedad no se soluciona restringiendo el alimento; más aún: la restricción de comida aumenta la ansiedad, porque el malestar que nos produce estar todo el día pensando en lo que queremos comer y no podemos, o en lo que podemos comer y no queremos, se come. Es decir que, como cualquier otro malestar que no toleramos, la dieta se compensa comiendo de más.“Lo que pasa es que usted no baja de peso porque no tiene fuerza de voluntad. Lo que tiene que hacer es cerrar la boca.” ¿Oíste esto alguna vez? ¿Te sirvió? La fuerza de voluntad no sirve para cerrar la boca porque proviene de la función intelectual del cerebro. La ansiedad es una emoción y proviene de una función diferente: la emocional.La ansiedad, por ser una emoción, no escucha razones ni puede ser manejada con la fuerza de voluntad.
Adicciones.
¿Sabías que podemos ser adictos... a las personas?

La adicción invisible
Adicción, del latín adherere, significa “adherido”. El término resulta conocido en relación a sustancias o actividades como la adicción al alcohol, drogas, cigarrillo o juego, por la cual el uso de algo pasó a ser abusivo y se convierte en adicción. Nos hemos quedado adheridos, pegados a un “algo”, y no podemos soltarnos.Fui una obesa, sufriente, que durante décadas subió y bajó de peso una y otra vez entre dietas y atracones. Cuando estaba aprendiendo estrategias para manejar mi ansiedad por la comida, me di cuenta de que la comida no era mi primera adicción, sino la segunda. La adicción a la comida estaba instalada y se originaba en otra: la adicción a las personas. La adicción a sustancias como la comida, el alcohol, las drogas, etc., así como a actividades como el sexo, el juego y el trabajo, entre otras, eran todas adicciones de segundo orden, y sólo había una de primer orden: la adicción a las personas.La autora del libro Las mujeres que aman demasiado define tres formas básicas en que las personas se relacionan adictivamente: tomando el rol de rescatador, de perseguidor o de víctima. En cualquiera de los tres roles se establecen vínculos adheridos, pegados. En este caso, la ansiedad está manifestada en el impulso irresistible e inadvertido (invisible) a controlar la conducta del otro.Aconsejar o hacer por los otros sin que lo pidan, estamos desarrollando el rol de rescatadores, invadiendo y hasta avasallando.Al culpar, reprochar o criticar estamos siendo perseguidores. La frase “¡Por tu culpa!”, tan usada, inicia el juego de un doble rol: perseguidor y víctima.Nos crea, y a su vez crea en otros, lo que yo siento como un “agujero en el alma”; un hueco que no puedo dejar vacío, y que se llena con sustancias, actividades o vínculos adictivos.Lo digo con énfasis: No somos unos malditos descontrolados y autodestructivos cuando tenemos un atracón, nos emborrachamos o nos drogamos. No. Estamos sufriendo. Nuestro agujero exige que lo llenen, de cualquier modo. Creo que las adicciones no son desgracias sociales. Son el mecanismo natural que se impone para compensar el vacío que nos genera vincularnos de determinada manera.Aprender a manejar la ansiedad por la comida es aprender a vincularnos de una manera diferente.
¿Sabías que el chocolate no engorda?
Estoy dando una conferencia...... Pido que levanten la mano las personas que creen que el chocolate engorda. Luego pido lo mismo a las personas que creen que el chocolate no engorda. Veo que se han creado dos bandos, uno de gordos y otro de flacos. Luego pido a una persona de cada bando que come chocolate habitualmente que se ponga de pie. Entonces, le pido a la persona delgada que señale con su pulgar y su índice la medida de cuánto chocolate come en cada ingesta, y vemos que separa sus dedos unos dos centímetros. Al pedirle lo mismo a la persona obesa, coloca sus manos paralelas, separadas unos veinte centímetros una de la otra. Quedó claro para todos que el chocolate no engorda. Depende de la cantidad.Si tenés la oportunidad, observá las respuestas de un chico gordo y de otro flaco a la pregunta: “¿Terminaron de comer?”. El chico gordo responderá: “Sí, ya estoy lleno”; el chico flaco responderá: “Sí, ya no tengo más hambre”. Y entre “No tengo más hambre” y “Ya estoy lleno” está la gordura. La gordura es un asunto de cantidad de comida.
Elena B. Werba
Fragmento de Cuando hacer dieta... engorda
Hacer dieta engorda: ¿Por qué?
Actuar sin forzar. Ésa es la fórmula. Los efectos exagerados no pueden sostenerse a largo plazo ( Tao Te King) Hace tres mil años, un sabio chino llamado Lao Tse describía, con esta observación, por qué las dietas no funcionan con el tiempo. Lo hacía en su célebre Tao Te King . Tao significa “cómo”; Te, “vida”, y King, “tratado”. El Tao Te King es un tratado sobre cómo funciona la vida. Quinientos años después, Heráclito, el filósofo griego, declaraba lo mismo diciendo: “Cuando un extremo alcanza su opuesto, pasa a convertirse en su opuesto”. Así vemos que demasiada luz no deja ver, demasiado frío quema y demasiada restricción produce exceso. Heráclito enunció esta realidad con el nombre de “ley de enantiodromía”. Más recientemente, esta ley de la naturaleza recibió el nombre “ley de péndulo”. Las dietas engordan por el inexorable cumplimiento de la ley de péndulo: la restricción es el otro extremo del exceso; y hay dietas tan alejadas del funcionamiento natural de un ser humano que la cárcel que generan no tiene barrotes sino gruesas paredes de acero sólido, y uno queda ahí con una camisa de fuerza puesta. Imaginate la tensión. Imaginate el péndulo elevándose hacia un lado. Imaginate cuando el péndulo vuelve a caer compensando la tensión. Imaginate (o recordá) los atracones compensatorios. Si tenés un perro, no lo encierres si después no querés que compense el encierro corriendo un rato. Este encierro psicológico y físico también ocurre con tu compulsión. Si considerás que tu compulsión es una falla de carácter, falta de fuerza de voluntad, una transgresión o un pecado capital, la intolerancia que esas interpretaciones te producen la compensarás con más comida.
Elena B. Werba
Fragmento de Cuando hacer dieta... engorda
La Sabiduría Antiansiedad
El perro, cuando le tiran un hueso, lo huele para ver si lo quiere. Don José, el jardinero, que acaba de cumplir ochenta años, corta el césped en mi casa. Cuando viene trato de estar. Es un hombre sabio. Cuando compartimos un café con leche me instruye:
— Don José, ¿cómo es que usted está tan bien?
— Sabe, m'hija, cuando pido algo que necesito, si me dicen que no, no me quedo enchufado: lo busco en otra parte. Yo doy cuando me piden, y después de pensar si quiero darlo. Y cuando a mí me dan algo, veo si lo quiero. Porque, ¿sabe?, el perro, cuando le tiran un hueso, lo huele para ver si lo quiere.
Cuando no estaba en proceso de recuperación de mis adicciones, sencillamente no pedía por miedo a que me dijeran “no”. Muy dentro de mí sentía que cualquier negativa equivalía a un “no te quiero”, y tratando de evitar eso me abstenía de pedir. Amurallada en mi omnipotencia, sentía que el aislamiento me comía viva, y para soportar el malestar, comía. Tuve que ampliar mis horizontes. Tuve que aprender que cuando pido algo y me dicen “no”, me están diciendo lo que no quieren darme o lo que no quieren hacer; no me están diciendo que no me quieren. Aquí el amor no tiene nada que ver ¿o sí?
Fragmento de Cuando hacer dieta... engorda

Elena B. Werba
Bocado no es pecado
Moralizar el alimento afecta al organismoPequé Me permito Cometí una transgresión Me dejan Puedo No puedo Me enganché Me prometí ¿Utilizás estas palabras o frases? Formaban parte de mi lenguaje cuando hacía dieta. Por favor, volvé a mirarlas, una por una. ¿Qué sentís con pequé ? Yo sentía culpa. Había tenido un desliz, una falla. Me sentía débil, averiada. Curiosamente, la palabra pecar significa en griego “errar el blanco”, “no acertar”. No posee ninguna de las connotaciones culpógenas que caracterizan el uso que le damos. ¿Y las otras? Me permito evoca me prohíbo . Cometí una transgresión remite a la sensación de ser una persona descontrolada y autodestructiva. La palabra transgresión sugiere una falta. Cuando llamaba transgresiones a mis compulsiones me sentía indigna, al margen de la ley, proscrita. Buscá transgredir en el diccionario y te darás cuenta de que su uso, aplicado en cualquier ámbito que se relacione con la nutrición, es potencialmente dañino. A mí, estas interpretaciones sólo me sirvieron para sentirme mal; para retroceder y no para avanzar, para enfermarme y no para sanar, para estancarme y no para crecer. ¿Y me prometí ? ¡Recuerdo cuánta presión con estas dos palabras! Examiná las otras. Imaginá puedo, no puedo, me dejan en los labios de un niño que necesita pedir permiso. Por una cuestión de estricta dignidad, nos merecemos comer sin pedir permiso ni disculpas.
Fragmento de Cuando hacer dieta... engorda
Elena V. Werba
Comer por ansiedad: Hambre de “otra clase”
Se llama “trasgresión” a la ansiedad por comer desde que la cultura de las dietas se esparció. Solemos vivirla como una amenaza o una catástrofe. Le tenemos miedo y quisiéramos que no exista. Tratamos de apartarla como a un enemigo y no podemos.
No importa cuánta fuerza de voluntad hayamos puesto en la dieta de turno, ni cuánto dinero hayamos gastado en consultas a nutricionistas o dietistas, ni cuánto nos hayamos esforzado haciendo ejercicios para quemar calorías, ni cuántas pastillas o productos para adelgazar hayamos tomado, ni cuánta terapia hayamos hecho; como burlándose de nosotros el peso vuelve a subir. La ansiedad es un mensajero valioso: nos cuenta una historia, realiza una declaración, hace una pregunta, y presenta una oportunidad para reexaminar lo que se había perdido, ignorado. Aprendamos a oír su voz, es nuestra voz interior que tiene hambre: hambre de autoexpresión, de sexo satisfactorio, de compañía gratificante, de contención afectuosa, de trabajo creativo, de poder poner límites. Todos tenemos hambre de algo y la ansiedad nos lo grita. Si no la escuchamos nos perdemos la oportunidad de entender su mensaje, y lo que es peor aún, de satisfacerlo, para acercarnos así a nuestro bienestar.
Primero fue el alcohol, luego el cigarrillo y ahora la comida; ya no tengo a dónde ir.
Sí tenes a donde ir: a vos mismo.
Prof. ELENA B. WERBA
¿“Estoy” gordo o “soy” gordo?
Para gordos y gordas el volumen de nuestro cuerpo implica un desafío a la manera que tenemos de interpretarnos.
Estar gordo nos sugiere una circunstancia. Algo así como estar en una bocacalle esperando el semáforo en verde para cruzar, y ser sorprendidos por el baño lodoso levantado del charco junto a nosotros por un conductor distraído.
Estar gordo nos sugiere algo desagradable que se nos ha puesto encima, transitorio, aunque lleve con nosotros todo el tiempo que tenemos de memoria.
Estar gordo implica una búsqueda. Lo que somos estaría debajo de la gordura. Lo que somos no lo vemos.
Estar gordo significa jugar a las escondidas con nosotros mismos. Algún día, cuando ya no estemos gordos, nos diremos “piedra libre” y habremos ganado el juego que venimos perdiendo hasta ahora.
Estar gordo implica lucha o resignación.
Estar gordo es interpretarnos por la superficie.
Ser gordo es “otra cosa”... es un reconocimiento, un “darme cuenta”.
Cuando soy gordo (incluso sin sobrepeso) puedo ver si estoy usando comer en exceso para amortiguar las frustraciones y las presiones... y también transitar las alegrías.
Ser gordo es un recurso de la vida como fenómeno autorregulado que, aunque nos fastidie, tiene el objetivo de fomentar el conocimiento de nosotros por nosotros. Lo que me gusta me estimula. Lo que no me gusta me empuja. Si me empuja hacia adentro habrá recuperación, liberación. Si me empuja hacia afuera, porque “después de todo no soy gordo, sino que estoy gordo”, la tarea de esclarecimiento que mi manera ansiosa de comer me está dando, esperará pacientemente o me impulsará a través de otras vías menos visibles ante el espejo.
Con o sin sobrepeso, la ansiedad por la comida puede ser un mensajero muy valioso. Nos cuenta una historia:
—Primero fue el alcohol, luego el cigarrillo y ahora la comida (o un vínculo que quiero cortar y no puedo, o cualquier otra actividad o sustancia de la que no me puedo despegar)
—Sí tenés a dónde ir: A VOS MISMO/A.
Prof. Elena Werba
EL CANSANCIO DE HACER DIETA
Con o sin sobrepeso, la ansiedad por la comida puede ser un problema; y al querer bajar de peso, la ansiedad, que se resiste a ser controlada con la fuerza de voluntad, puede impedir el adelgazamiento o incluso producir un aumento de peso con respecto al inicio de una dieta.
“Lo que pasa es que usted no baja de peso porque no tiene fuerza de voluntad. Lo que tiene que hacer es cerrar la boca.”
¿Oíste esto alguna vez? ¿Te sirvió?
La fuerza de voluntad no sirve para cerrar la boca porque proviene de la función intelectual del cerebro. La fuerza de voluntad es un pensamiento. La ansiedad es una emoción y proviene de una función diferente: la emocional. ¿Acaso es posible amar u odiar con la fuerza de voluntad? ¿Acaso es posible manejar una emoción con un pensamiento? ¿Cuánto tiempo? Tal vez el corto tiempo que media entre una dieta y el atracón compensatorio del malestar generado por la restricción.
Durante un atracón prevalece la emoción, no el pensamiento. En el preciso momento del atracón, los efectos que puede provocar el exceso al comer (gordura, culpa, recriminaciones, vergüenza) forman parte de “lo pensado”, no de “lo sentido”; los efectos indeseables están en nuestra memoria ya que forman parte de nuestra “programación”, incluso de la programación que adquirimos junto con el paquete de las dietas. Y lo cierto es que la comida ingerida con ansiedad, puede calmar. La necesidad del efecto calmante, aunque a veces oculta, siendo una emoción tiene prioridad y adquiere intensidad y velocidad, porque, justamente, es la necesidad del efecto calmante disfrazada de la necesidad de comer. La gordura, siendo en este caso “un efecto” y no “una causa”, cuando viene, lo hace después de la ingesta; la culpa, las recriminaciones y la vergüenza “saltan” de nuestra programación y se “hacen sentimiento” durante la ingesta (conjuntamente o alternando con el efecto calmante) y a veces aparecen inmediatamente después de la ingesta excesiva perdurando un largo tiempo; y cuántas veces éstas últimas (culpa, recriminaciones y vergüenza) constituyen un problema mucho mayor que el exceso de peso. Un flaco que come ansiosamente puede sentir que está “durmiendo con el enemigo”: su despótico censor interno no lo deja vivir en paz; con sus juicios negativos intoxica su vida familiar, social, laboral, sexual; así también como su posibilidad de crear y de tomar decisiones.
Gordos o flacos, los excesos de comida no son sólo un asunto de comida. El cansancio de hacer dieta y el cansancio de no poder parar de comer pueden convertirse en señales de sabiduría y en indicios de buena salud: con el cansancio, el cuerpo como totalidad (cuerpo físico, emoción y mente) gritan su disconformidad con las restricciones, los excesos y la intolerancia; gritan su disconformidad con las reiteradas subidas y bajadas de peso que pueden arruinar el funcionamiento de la glándula tiroides, ya que el regulador del peso corporal está en el hipotálamo y éste es el coordinador de todo el sistema endocrino.
El cuerpo tiene razones que las matemáticas del peso corporal no comprenden. Sin duda somos mucho más que un cuerpo y un número en la balanza.

Elena B. Werba
Cómo “Enseñamos” la Obesidad, la Bulimia y la Anorexia 1º parte
Aunque la bulimia es relativamente nueva, ya que su aparición estuvo condicionada a la aparición de la cultura de las dietas, la anorexia es tan antigua como la civilización. El lenguaje cambió; antes era “se está poniendo sequita”. Evidentemente era una cuestión de las mujeres, y ha cobrado auge y extensión ya que desde hace tiempo abarca a ambos sexos, las edades se han ampliado y también el número de personas que padece estos trastornos.
Los testimonios que siguen y mis opiniones son sólo un atisbo de la amplitud de variables que crean el “suelo” propicio para que, tanto la obesidad como la bulimia y la anorexia, se hayan convertido, en los países con abundancia de alimento, en una epidemia tan grave. Todas estas variables podemos considerarlas dentro del área “educación”.
Nora tiene 17 años. Desde hace cinco tiene atracones que le han creado un sobrepeso de ocho kilos. Se siente mal no sólo con su cuerpo, sino también con su manera de relacionarse con la comida. Se percibe como sujeta por una fuerza invisible. Me cuenta que el problema con su cuerpo y la comida comenzó cuando tenía doce años. Antes de esa edad, la comida era tan natural en su vida como ir al baño y cumplir necesidades fisiológicas. Su cuerpo le gustaba. No era gorda ni flaca. Tenía redondeces que consideraba propias de sus tendencias heredadas, y que aceptaba de manera natural. ¿Qué pasó a los doce años? Nora se enfermó y adelgazó mucho. Ya repuesta, aunque más delgada que de costumbre, escuchaba de las personas queridas de su entorno: “Quedate así. Así estás bien”. A Nora le importa mucho lo que opinan sus afectos. Para quedarse así necesitó iniciar una dieta. Comenzó a restringir la cantidad de alimento desoyendo sus señales de hambre y saciedad, y empezó a considerar engordantes ciertos alimentos que deseaba, deseo que negaba. El resultado inmediato fue que “se quedó así”. Después de algún tiempo, comenzó a tener atracones para compensar tanto malestar por las restricciones. Nora aprendió a ser compulsiva con la comida y a ver su cuerpo como inadecuado, aun estando flaca; después de todo, “quedate así” significa “como eras no me gustabas”.
Enseñamos la obesidad, la bulimia y la anorexia, inadvertidamente. Los chicos aprenden más que nada de lo que nos ven hacer; aunque también es cierto que los consejos de los profesionales, tanto pediatras, nutricionistas, etc. tienen una influencia capital y pueden inducir al aumento del problema y no a su solución.

Elena Werba
Cuando me Como "Todo"
Con o sin sobrepeso, la ansiedad con la comida oscurece nuestra vida; y cuando necesitamos bajar de peso, la ansiedad, inmanejable con la voluntad, acaba con nuestra esperanza de éxito al hacer dieta.
Superar la ansiedad con la comida significa: registrarla cuando aparece; saber qué conviene hacer y qué no; investigar cuál es su origen para aprender cómo prevenirla en la siguiente generación; y reconocer su influencia sobre nuestra imagen corporal, la manera de vincularnos y el desarrollo de nuestros talentos y capacidades. Un reconocimiento dinámico que nos coloca en un proceso de reorientación y autocuidado crecientes. La idea central del proceso es:
· La comida no engorda.
· Los flacos comen de todo.
· Lo que engorda es la cantidad de comida.
· La cantidad de más, ingresa debido a la ansiedad, también llamada compulsión.
· La compulsión es una emoción.
· La emoción no se controla con la voluntad.
· La emoción se transforma con atención sin crítica.
· La atención sin crítica es una actitud.
· Una actitud positiva se aprende y se practica creando un proceso curativo que abarca todas las áreas de la vida.

Fragmento del libro "Cómo supero mi ansiedad con la comida" de
Elena B. Werba
Comida en exceso
Las razones del cuerpo
Con o sin sobrepeso, la ansiedad por la comida puede ser un problema; y al querer bajar de peso, la ansiedad, que se resiste a ser controlada con la fuerza de voluntad, puede impedir el adelgazamiento o incluso producir un aumento de peso con respecto al inicio de una dieta.
“Lo que pasa es que usted no baja de peso porque no tiene fuerza de voluntad. Lo que tiene que hacer es cerrar la boca.” ¿Oyó esto alguna vez? ¿Le sirvió?
La fuerza de voluntad no sirve para cerrar la boca porque proviene de la función intelectual del cerebro. La ansiedad es una emoción y proviene de una función diferente: la emocional.
Durante un atracón prevalece la emoción, no el pensamiento. En el preciso momento del atracón, los efectos que puede provocar el exceso al comer (gordura, culpa, recriminaciones, vergüenza) forman parte de “lo pensado”, no de “lo sentido”. Y lo cierto es que la comida ingerida con ansiedad, puede calmar. La necesidad del efecto calmante, aunque a veces oculta, siendo una emoción tiene prioridad y adquiere intensidad y velocidad, porque, justamente, es la necesidad del efecto calmante disfrazada de necesidad de comer. La gordura, cuando viene, lo hace después de la ingesta; la culpa, las recriminaciones y la vergüenza vienen a veces durante la ingesta y a veces después; y muchas veces éstas últimas constituyen un problema mucho mayor que el exceso de peso. Un flaco que come ansiosamente puede sentir que está “durmiendo con el enemigo”: su despótico censor interno no lo deja vivir en paz; con sus juicios negativos intoxica su vida familiar, social, laboral, sexual; así también como su posibilidad de crear y de tomar decisiones.
Los excesos de comida no son sólo un asunto de comida. El cuerpo tiene razones que la razón no comprende.

Prof. Elena B. Werba
La delgadez que nunca se alcanza

Sin darme cuenta, durante muchos años estuve jugando un juego mundial. Jugaba a bajar de peso y no llegar a destino jamás. Aunque a veces tocaba la meta, allí mismo me aparecía otra meta más allá, o volvía a subir y me encontraba, otra vez, queriendo bajar.
Yo nunca he visto a un dietario en un mantenimiento declarado, incluyéndome. Creo que mientras consideremos al peso corporal como algo atribuible a nuestro control, exclusivamente a nuestro control, tal cosa no es posible; después de todo, más que cualquier otro factor, lo que me ha hecho gorda, con o sin sobrepeso, son estas maneras de buscar lo perfecto, lo que “tiene que ser”, y nada más fácil que buscar el cuerpo “que tiene que ser”.
Pecamos... Pecar significa en griego “errar el blanco”, no acertar; y es curioso que usemos esta palabra cuando comemos algo que “no tiene que ser”, según nuestra odiosa y perseguidora “policía alimentaria”; aunque, con toda certeza, erramos el blanco cuando jugamos a “peso que quiero: yo te alcanzo y vos alejate”.
Soy gorda, aunque no estoy gorda. Esto es así porque mi historia fue así. Ahora soy la síntesis de mi historia. Por eso me parece que no es sano jugar este “juego de nunca acabar”.
La lucha que perdí en mi infancia la gané con creces en mi adultez, con mi recuperación. Comencé a ganarla cuando me di cuenta que los kilos que me hacen “normal”, real, legítima, aunque no flaca, son las heroicas cicatrices de una guerra ganada a mi intolerancia, a mi pelea conmigo, tan bien aprendida desde pequeña cuando me salía lo que “no tiene que ser”. No es sano que busque eternamente “ése” peso flaco, como si nada me hubiera pasado.
Me interesa llegar a ser yo misma: esa desconocida llena de matices, de luz y oscuridad, que voy descubriendo poco a poco y que me encanta.
Es interesante: Yahvé, uno de los nombres de Dios, significa literalmente “llegar a ser”; pero, ¿cómo llegaré a ser si mi cuerpo es el que se supone que tiene que ser? La condición del devenir es lo desconocido, lo fértil por venir que, paradójicamente, no puede acercarse a mí a menos que me vincule conmigo amorosamente tal y como soy, aunque no me guste. No estoy ciega ni soy estúpida: veo mis rollos, mis estrías y blanduras; no me gustan. Aún así, con todas mis no-perfecciones, me veo como si yo fuera una obra de arte: del arte de Dios, de la Vida, del Universo; y por esta visión, por esta “aceptación”, puedo dejar de jugar al deporte mundial del cuerpo-que-no-tengo-y-me-empeño-en-tener. Es un deporte dañino, insalubre, aunque muy entretenido; me entre-tiene (me tiene-entre) Mientras me tengo “entre”, no me tengo.


Elena B. Werba
¡No puedo parar de comer! ¿Por qué?

Hace tres mil años, un sabio chino llamado Lao Tse describía el origen de los excesos al ingerir comida u otras sustancias, y también por qué las dietas no funcionan con el tiempo: “Actuar sin forzar. Ésta es la fórmula. Un viento impetuoso no dura una mañana y una lluvia torrencial no dura una jornada. Y aunque estos efectos están producidos por el cielo y la tierra, los agentes más poderosos de todos, porque son efectos exagerados no pueden sostenerse a largo plazo.” Esta realidad recibió el nombre “ley de péndulo”. Demasiada luz no deja ver, demasiado frío quema y demasiada restricción produce exceso.
La obesidad, la bulimia y la anorexia se “alimentan” de la ansiedad por comer, de episodios de excesos y restricciones. Causa y efecto que va produciendo un círculo interminable de restricciones-excesos-restricciones.
La bulimia apareció en nuestra cultura a partir de las dietas y de las exigencias sociales de delgadez. Esta aumenta y se sostiene, debido a que las restricciones aumentan la ingesta compulsiva y por consiguiente el efecto pendular, la necesidad de la compensación / evacuación de lo ingerido: ayunos, vómitos, laxantes, ejercicios físicos para quemar calorías, etc.
Al igual que todos los mecanismos automáticos (pendulares) de supervivencia de nuestro cuerpo (cansancio-sueño, lesión-dolor, infección-fiebre, o las señales para evacuar la vejiga y el intestino), el mecanismo para proveernos de energía a través del alimento es muy delicado y puede alterar su funcionamiento con facilidad; y la comida nos nutre emocionalmente, no sólo físicamente. Es el primer vínculo con la madre-mundo, la seguridad o inseguridad, el bienestar o malestar. La comida es celebración o problema.
Las leyes no hacen excepciones y se cumplen para nuestro beneficio o perjuicio. Sabemos que existe la ley de gravedad y que por lo tanto no nos conviene tirarnos de un 7º piso. Al igual que con la ley de gravedad, el desconocimiento de la ley de péndulo no evita su cumplimiento: Pautas de exigencia o perfeccionismo, aun en contextos familiares, escolares o sociales con el nombre de “la buena educación”, así también como los recursos conocidos que generan “péndulo”, como las dietas, creará obesidad, bulimia y anorexia; así también como adicción a otras sustancias y actividades: Es la ley.

Elena B. Werba
Comer por ansiedad: Hambre de “otra clase”

Se llama “trasgresión” a la ansiedad por comer desde que la cultura de las dietas se esparció. Solemos vivirla como una amenaza o una catástrofe. Le tenemos miedo y quisiéramos que no exista. Tratamos de apartarla como a un enemigo y no podemos.
No importa cuánta fuerza de voluntad hayamos puesto en la dieta de turno, ni cuánto dinero hayamos gastado en consultas a nutricionistas o dietistas, ni cuánto nos hayamos esforzado haciendo ejercicios para quemar calorías, ni cuántas pastillas o productos para adelgazar hayamos tomado, ni cuánta terapia hayamos hecho; como burlándose de nosotros el peso vuelve a subir... Y en muchísimos casos el peso no es es el problema: los mecanismos compensatorios de la ingesta están “de moda” (ejercicios físicos en demasía, por ejemplo), poniendo en evidencia que existen dos problemas: 1) La ansiedad por comer. 2) El sobrepeso resultante cuando existe.
Hacemos dieta de lunes a viernes, y sábado y domingo la ansiedad nos invade. Hacemos dieta de 8 a 18 y después no podemos parar de comer hasta que nos vamos a dormir, e incluso nos levantamos de la cama durante la noche para seguir comiendo. Tratamos a la ansiedad por comer como a un enemigo; y lo es porque ese es nuestro enfoque, y en esta ronda sin fin de dietas y excesos, perdemos a la ansiedad como aviso de “otras hambres”. Comemos “en vez de”. No se trata entonces de pelearnos con nuestro deseo de comer sino de averiguar qué nos pasa.
La ansiedad es un mensajero valioso: nos cuenta una historia, realiza una declaración, hace una pregunta, y presenta una oportunidad para reexaminar lo que se había perdido, ignorado. Aprendamos a oír su voz, es nuestra voz interior que tiene hambre: hambre de autoexpresión, de sexo satisfactorio, de compañía gratificante, de contención afectuosa, de trabajo creativo, de poder poner límites. Todos tenemos hambre de algo y la ansiedad nos lo grita. Si no la escuchamos nos perdemos la oportunidad de entender su mensaje, y lo que es peor aún, de satisfacerlo, para acercarnos así a nuestro bienestar.
Primero fue el alcohol, luego el cigarrillo y ahora la comida; ya no tengo a dónde ir.
Sí tenes a donde ir: a vos mismo.


Elena B. Werba
El Cansancio de Hacer Dieta
Con o sin sobrepeso, la ansiedad por la comida puede ser un problema; y al querer bajar de peso, la ansiedad, que se resiste a ser controlada con la fuerza de voluntad, puede impedir el adelgazamiento o incluso producir un aumento de peso con respecto al inicio de una dieta.
“Lo que pasa es que usted no baja de peso porque no tiene fuerza de voluntad. Lo que tiene que hacer es cerrar la boca.”
¿Oyó esto alguna vez? ¿Le sirvió?
La fuerza de voluntad no sirve para cerrar la boca porque proviene de la función intelectual del cerebro. La fuerza de voluntad es un pensamiento. La ansiedad es una emoción y proviene de una función diferente: la emocional. ¿Acaso es posible amar u odiar con la fuerza de voluntad? ¿Acaso es posible manejar una emoción con un pensamiento? ¿Cuánto tiempo? Tal vez el corto tiempo que media entre una dieta y el atracón compensatorio del malestar generado por la restricción.
Durante un atracón prevalece la emoción, no el pensamiento. En el preciso momento del atracón, los efectos que puede provocar el exceso al comer (gordura, culpa, recriminaciones, vergüenza) forman parte de “lo pensado”, no de “lo sentido”; los efectos indeseables están en nuestra memoria ya que forman parte de nuestra “programación”, incluso de la programación que adquirimos junto con el paquete de las dietas. Y lo cierto es que la comida ingerida con ansiedad, puede calmar. La necesidad del efecto calmante, aunque a veces oculta, siendo una emoción tiene prioridad y adquiere intensidad y velocidad, porque, justamente, es la necesidad del efecto calmante disfrazada de la necesidad de comer. La gordura, siendo en este caso “un efecto” y no “una causa”, cuando viene, lo hace después de la ingesta; la culpa, las recriminaciones y la vergüenza “saltan” de nuestra programación y se “hacen sentimiento” durante la ingesta (conjuntamente o alternando con el efecto calmante) y a veces aparecen inmediatamente después de la ingesta excesiva perdurando un largo tiempo; y cuántas veces éstas últimas (culpa, recriminaciones y vergüenza) constituyen un problema mucho mayor que el exceso de peso. Un flaco que come ansiosamente puede sentir que está “durmiendo con el enemigo”: su despótico censor interno no lo deja vivir en paz; con sus juicios negativos intoxica su vida familiar, social, laboral, sexual; así también como su posibilidad de crear y de tomar decisiones.
Gordos o flacos, los excesos de comida no son sólo un asunto de comida. El cansancio de hacer dieta y el cansancio de no poder parar de comer pueden convertirse en señales de sabiduría y en indicios de buena salud: con el cansancio, el cuerpo como totalidad (cuerpo físico, emoción y mente) gritan su disconformidad con las restricciones, los excesos y la intolerancia; gritan su disconformidad con las reiteradas subidas y bajadas de peso que pueden arruinar el funcionamiento de la glándula tiroides, ya que el regulador del peso corporal está en el hipotálamo y éste es el coordinador de todo el sistema endocrino.
El cuerpo tiene razones que las matemáticas del peso corporal no comprenden. Sin duda somos mucho más que un cuerpo y un número en la balanza.
Prof. Elena B. Werba 4857-6177